Moverse lento, como la miel

9/3/20263 min read

Esta mañana desenrollé mi mat y no tenía una secuencia planeada.

Durante mucho tiempo acostumbraba planear mis propias clases de yoga. Sabía qué quería trabajar, qué posturas iba a incluir, cómo quería que se sintiera la práctica. Pero con los años he aprendido a confiar más en lo que ya está encarnado en mí. En mi experiencia, en mi cuerpo, en todo lo que he practicado y enseñado durante tantos años.

Así que esta mañana simplemente empecé a moverme y permití que la práctica se revelara.

Y volvió a aparecer algo que conozco muy bien, pero que hoy se sintió como un recordatorio: la delicia de moverse lento.

En mis clases de slow flow suelo invitar a las mujeres a experimentar qué pasa cuando se retan a moverse lo más lento que puedan. No como una obligación ni porque moverse despacio sea necesariamente mejor. De hecho, hay días en los que mi propia práctica necesita fuerza, intensidad o un poco más de velocidad. La presencia no depende de la velocidad.

Pero hay algo que ocurre cuando deliberadamente elegimos la lentitud.

Una transición de yoga, por ejemplo, puede durar apenas unos segundos. Podemos pasar de Uttanasana a Urdhva Hastasana casi sin darnos cuenta de lo que sucede en medio. Pero si reducimos el ritmo, la transición deja de ser simplemente el camino hacia la siguiente postura.

Se convierte en la práctica.

Esta mañana, mientras comenzaba a subir, permití que cada vértebra se fuera desenrollando lentamente. Mis dedos recorrían mis piernas, mis caderas, el abdomen, mis senos, el cuello. Sentía el movimiento de mi piel, el cambio en mi respiración, el espacio que iba apareciendo en cada parte de mí mientras me levantaba.

Hasta llegar arriba.

Hasta extender los brazos y ofrecerme al cielo.

Y pensé: qué delicia,esto tambien es yoga.

Porque el yoga no sucede únicamente cuando llegamos a una postura. También sucede en ese espacio entre una cosa y otra, cuando dejamos de estar tan pendientes de llegar y empezamos a experimentar el camino.

Y quizás eso mismo pueda acompañarnos fuera del mat.

Podemos descubrirlo mientras caminamos por la calle y, en lugar de atravesar el espacio rápidamente, sentir nuestros pasos. O mientras cocinamos y dejamos de tratar la comida como una tarea que hay que terminar. Incluso al comer, cuando en lugar de pensar inmediatamente en el siguiente bocado nos quedamos un poco más con el sabor, la textura, el aroma y el placer de lo que estamos experimentando.

La lentitud cambia nuestra relación con lo que hacemos porque nos da tiempo para percibir.

Y cuando percibimos más, sentimos más.

No siempre vamos a sentir algo agradable. A veces, precisamente porque hemos dejado suficiente espacio para sentir, aparecen sensaciones que preferiríamos evitar. Pero también eso forma parte de la sensibilidad: permitirnos experimentar lo que está ahí sin necesitar pasar rápidamente a otra cosa.

Y cuando nuestra capacidad de sentir se vuelve más fina, también puede expandirse nuestra capacidad de disfrutar.

El placer puede empezar a aparecer en lugares muy sencillos. En el calor del sol sobre la piel. En una fruta dulce. En una respiración profunda. En el contacto de nuestras propias manos. En una transición de yoga que normalmente haríamos sin prestarle ninguna atención.

Ahí es donde para mí la sensualidad deja de ser una idea relacionada únicamente con lo sexual. La sensualidad también es la capacidad de estar presente para nuestros sentidos y permitirnos disfrutar lo que estamos viviendo.

Y de esa sensibilidad pueden empezar a desdoblarse otras experiencias: más disfrute, más vitalidad, más presencia, más placer. No porque la lentitud sea una fórmula para conseguirlas, sino porque al dejar de pasar tan rápido por la experiencia tenemos más oportunidad de encontrarlas.

Como la miel...Me gusta observar cómo se mueve cuando la dejás caer lentamente sobre una fruta o sobre mis labios. No cae de golpe, se desliza, se estira, se queda un instante más. Y precisamente porque se mueve tan despacio, podés verla, anticiparla, sentir su textura y finalmente saborearla.

Hay algo de eso que me parece hermoso.

Quizás no necesitamos hacer todo lentamente. Quizás la invitación sea simplemente descubrir dónde la lentitud podría cambiar nuestra experiencia de algo que ya hacemos todos los días.

Podés probarlo en tu próxima práctica de yoga. Elegir una sola transición y hacerla mucho más lento de lo habitual. Sentir qué aparece en ese espacio que normalmente atravesás sin darte cuenta.

Y después observar qué pasa cuando llevás esa misma cualidad a algún momento de tu vida.

La lentitud te permite sentir. Sentir aumenta la sensibilidad. La sensibilidad abre la puerta al placer. Y el placer te devuelve a vos.

Moverse lento no se trata de hacer menos. Se trata de darle a la experiencia suficiente tiempo para revelarse, para sentirla, disfrutarla y estar verdaderamente presente en ella.

El cuerpo siempre sabe

Escúchalo. Sentilo. Volvé a tu ritmo natural.

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